Vibrante adaptación de una novela antibelicista que granjeó no pocos detractores (y partidarios) a Dalton Trumbo, un guionista perseguido por la estrechez mental que caracterizó una de las épocas más oscuras (si es que hubo alguna extraordinariamente brillante) de EE.UU.: el Macarthismo.
La convivencia en un mismo escenario de dos planos perfectamente enlazados resuelve perfectamente la narración de acciones pasadas y presentes. La banda sonora es acertada, ya que combina sabiamente temas insignes del orgullo nacional americano y canciones firmadas por autores non gratos, lo que hace volar la ironía y la rebeldía a partes iguales. Tras el plano principal, dominado por la cama donde reposa lo que fuera una persona, emerge una pantalla en la que se da vida a los flash backs. De pronto, el Johnny del pasado se convierte en una suerte de conciencia de carne y hueso activa y crítica.
Al margen del antibelicismo como sentimiento atemporal que defiende la obra y de la apología a la eutanasia en código morse, lo que más me revolvió en el asiento fue lo solo y miserable que puede llegar a sentirse alguien que no puede comunicarse, que se ve privado de sus sentidos y de su movilidad por defender las ideas de otros. Ese derroche existencial me produjo una gran angustia. No saber si uno sueña, si está despierto, si es día o de noche, si le observan, si le van dejar vivir o morir... Sobrecogedor.
